Debe existir otra versión de mí y ya estoy celosa de ella.
Ella.
Ella ocupa toda mi mente, atenta contra mi libertad e hipnotiza mi voluntad a sus caprichos.
Ella me atormenta y es por la posibilidad de su existencia que me cuesta dormir por las noches. Es que la imagino perfecta. Aun siendo consciente de su ilusoria perfección, no la puedo pensar como imposible. No puedo aceptar que no soy ella.
Se aburre de mí. Jala mis pies para que no salga a la superficie. Me ahoga. Intenta enseñarme a ser.
Pero es admirarla y temerle. Su mirada inquisidora eriza mis movimientos, deja heridas con sabor a culpa y me hace avergonzarme. Me reprueba. Cuando me equivoco, lo sé, siempre se entera. Me lo hace saber. "¿Y si hubieras...?", "¿Por qué no hiciste"; así llena mi cabeza.
La gente pasa. Nadie me elige porque no la ven a ella. Si la vieran... Si la dejáramos solucionarme...
Pero no se quedan a conocerla. No llegan. Yo los espanto antes. Para cuando ella, la decidida y la valiente, sale ya es tarde. Ellos ya están de espaldas, ellos se van. No los culpo. Yo haría lo mismo.
Pero ahí está el problema: Yo sí la conozco.
Por eso, duele que se tome su tiempo. Que espere a estar cómoda para poseerme, para volverme plena. Que esté durmiendo y cada tanto aparezca.
Maldita latente.
Cuánto quisiera ser ella.


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