Desde su posición, a ella no le era fácil verle más que el rostro. Estaba serio, concentrado en alguna imagen que no podía sacarse de la cabeza, preocupado por una pelea reciente o, quizás, aburrido de la rutina de sus días. Pero él no estaba ahí con el resto de su cuerpo y ninguna de las personas a su alrededor lo notaba.
Estaban a oscuras, a excepción del camino de pequeñas luces que salían de al lado de la pista de baile, delante del espejo. La música estaba fuerte y llevaba un ritmo particular, como el movimiento de los danzantes que la seguían a ciegas.
Con una seguridad que casi la marea, ella se impulsó hasta que fue capaz de levantarse. La pista de baile ahora se veía de punta a punta. Las parejas pasaban con los pies hechos patines y tomados firmemente de las manos, temerosos tal vez de perderse en ese mar de aire, sonido y ficción. Todos, dejándose llevar por la fuerza de gravedad de una hipnotizante melodía atrayente a tal punto que si el silencio se hubiera hecho presente un instante, el suelo hubiera abierto un surco y hombres y mujeres hubieran tocado el piso sin remedio.
Ella se unió y los imitó. Dio vueltas y más vueltas, y acrobacias en el aire. Buscó al chico preocupado una vez más y la sorpresa de su mirada la encontró a ella y por poco la hace derribar a alguna compañera. Los ojos de ambos coincidieron, fijos y curiosos. Él se acercaba a paso seguro y ella no pudo otra cosa más que tragar saliva y esperarlo. Llegó en cuestión de eternos segundos. Sin palabras que mediaran ni explicaran nada, él rozó su mano. La detuvo de la constancia de su baile que la tenía prisionera. Una mezcla de tranquilidad e inocencia la invadió al verlo sonreírle. Incluso, aunque con un poco más de duda, él pasó un brazo por su espalda dándole un medio abrazo y se quedó unos segundos mirando su atuendo. El tutú rosa y el pelo claro recogido con una cinta que combinaba con sus zapatos.
Ella siempre pensará que el mundo se detuvo en ese segundo de observación mutua en el que fue un gusto conocerse al fin. 
Después, todo sucedió muy rápido.
Con la mayor delicadeza que pudo, él la dejó en su lugar, la ayudó a recostarse a un lado de la pista de baile. Entonces, volvió a ponerse serio o, más bien, triste y con una rapidez que no lo caracterizaba cerró rápidamente la cajita musical que lo hacía alejar la mente de su cuerpo.
La música se detuvo por completo. Ella, en la oscuridad absoluta del interior, guiñó un ojo para que saliera la primera lágrima.
Afuera, solo se escuchó el silencio surcando el piso y el sonido sordo de una caída.

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